Anoche, casi por casualidad, lei una entrevista a Juan Gutiérrez. Con sinceridad: no sé quién es, más allá de lo que se dice en la entrevista, y estoy suficientemente ocupado como para indagar en su figura... Bueno, nada que no me ocurra habitualmente, navegando por esta red tan inmensa.
Sin embargo, me maravilló tanto su concepción y su visión del movimiento 15M (y, en general, de todo aquello relacionado con el cambio social y político que queremos [dado que un cambio va a haber, en todo caso]), vi esa concepción suya tan cercana a la mía, que aunque lei la entrevista y me metí en la cama (era ya tarde), no quiero dejar pasar la ocasión de compartirla. Tan simple como lúcida.
Puedes leerla aquí.
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lunes, 15 de octubre de 2012
jueves, 27 de septiembre de 2012
25-S
Cuando uno levanta la vista de su plato de lentejas se encuentra con una visión más amplia. Cuando uno levanta más la vista, la visión crece más.
Podemos imaginar cómo podía ser vivir en la Edad Media, en una dictadura militar (los que no vivimos en una), en la época del Imperio Romano, en el antiguo Egipto... o más allá. Al hacerlo es fácil percibir los avances que han acaecido en la humanidad. Al menos en las sociedades tecnológicamente avanzadas, la suerte que tenemos.
Cuanto más levantamos la vista, más calmo es todo: el silencio del Universo, el pequeño planeta que nos acoge flotando en él. La gran calma que no entiende de nuestras pequeñeces, del pelo que hay en mi sopa. La paz interior (que es la única paz que existe, por cierto) ante una puesta de Sol, en la visión de una montaña, en la lectura de ciertos poemas. En la contemplación en sí misma, en la vida por el hecho de existir, incluso en la existencia misma por el hecho de existir. Cuando estamos conectados con nosotros mismos, de forma sincera y profunda, todo esto se revela. Es un hecho que la experiencia muestra.
Nuestro ego no es simplemente ese presuntuoso personajillo siempre hambriento y exigente. Si así fuera, la mayoría de las personas lo tendrían controlado, como de hecho se tiende a pensar. Nuestro ego es mucho más complejo, tiene muchas caras. Algunas de ellas, por ejemplo, nos muestran que es imprescindible en nuestra vida, y nos hacen estarle agradecidos porque exista. Otras nos enseñan que también es, en parte, un personaje perfectamente bondadoso, pero que no suele levantar la vista de su plato de lentejas, aún cuando él piense que sí.
Podemos imaginar cómo podía ser vivir en la Edad Media, en una dictadura militar (los que no vivimos en una), en la época del Imperio Romano, en el antiguo Egipto... o más allá. Al hacerlo es fácil percibir los avances que han acaecido en la humanidad. Al menos en las sociedades tecnológicamente avanzadas, la suerte que tenemos.
Cuanto más levantamos la vista, más calmo es todo: el silencio del Universo, el pequeño planeta que nos acoge flotando en él. La gran calma que no entiende de nuestras pequeñeces, del pelo que hay en mi sopa. La paz interior (que es la única paz que existe, por cierto) ante una puesta de Sol, en la visión de una montaña, en la lectura de ciertos poemas. En la contemplación en sí misma, en la vida por el hecho de existir, incluso en la existencia misma por el hecho de existir. Cuando estamos conectados con nosotros mismos, de forma sincera y profunda, todo esto se revela. Es un hecho que la experiencia muestra.
Nuestro ego no es simplemente ese presuntuoso personajillo siempre hambriento y exigente. Si así fuera, la mayoría de las personas lo tendrían controlado, como de hecho se tiende a pensar. Nuestro ego es mucho más complejo, tiene muchas caras. Algunas de ellas, por ejemplo, nos muestran que es imprescindible en nuestra vida, y nos hacen estarle agradecidos porque exista. Otras nos enseñan que también es, en parte, un personaje perfectamente bondadoso, pero que no suele levantar la vista de su plato de lentejas, aún cuando él piense que sí.
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